Invitada por la Embajada de Chile en Francia, la socióloga Stéphanie Alenda, directora del Núcleo Milenio CRISPOL, presentó en un coloquio híbrido los primeros hallazgos de un Proyecto ECOS-ANID que compara el auge de nuevas radicalidades políticas en ambos países.
El 30 de septiembre, la Embajada de Chile en Francia realizó, en formato híbrido, la primera edición del Ciclo de Coloquios Chile–Francia “Experiencias de cooperación científica franco-chilena frente a los desafíos globales”. El encuentro reunió a investigadores de ambos países con trayectoria en cooperación bilateral, para dar visibilidad a proyectos conjuntos y proyectar nuevas colaboraciones.
La jornada fue inaugurada por el embajador de Chile en Francia, Raúl Sanhueza Carvajal, y un representante del CNRS. Se organizó en tres paneles: resiliencia climática, transformaciones sociales y políticas, e innovación biomédica.
Stéphanie Alenda —doctora en Sociología por la Universidad de Lille, profesora titular y directora de Investigación de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Andrés Bello, y directora del Núcleo Milenio sobre Crisis Políticas en América Latina (CRISPOL)— participó en el Panel II, “De la investigación a la contribución: redes franco-chilenas para comprender las transformaciones sociales y políticas”. Compartió la mesa con Emmanuelle Barozet (Universidad de Chile), Alfredo Pena-Vega (EHESS) y Cécile Faliès (Université Paris 1 Panthéon-Sorbonne), con la moderación de Enrique Aliste (Université Paris 1 Panthéon-Sorbonne).
En su intervención, Alenda presentó el proyecto “Recomposiciones partidarias y nuevas radicalidades: miradas cruzadas entre Chile y Francia”, financiado por el programa ECOS–ANID y en su segundo año de ejecución, el cual dirige en Chile. Conoce de cerca este instrumento de cooperación: entre 2019 y 2024 coordinó el área de Ciencias Humanas y Sociales de su comité de evaluación.
El proyecto reúne a equipos de la Universidad Andrés Bello, la Pontificia Universidad Católica de Chile y la Universidad de Concepción, junto a la Université Paris 1 Panthéon-Sorbonne, la Universidad de Lille y Sciences Po, vinculadas a laboratorios del CNRS. Por el lado francés participan especialistas en partidos como Frédéric Sawicki, Rémi Lefebvre y Florence Haegel; por el chileno, expertos en derechas, sindicalismo y presidencialismo.
La pregunta que lo guía es por qué dos países tan distintos han visto surgir, en los últimos quince años, movimientos y partidos que buscan romper con el orden establecido.
Radicalidad, no radicalismo
Los investigadores optaron por hablar de “radicalidad” y no de “radicalismo” o “radicalización”. El primer término remite a una doctrina o a un partido concreto —el Partido Radical, que existe en ambos países—; el segundo supone un proceso de endurecimiento que no quisieron dar por sentado. La radicalidad, en cambio, es una forma de pensar y actuar que busca ir a la raíz de las cosas, sin concesiones, y que no equivale a extremismo antidemocrático.
Este enfoque permite analizar fenómenos muy diversos: desde los “chalecos amarillos” o los Soulèvements de la Terre en Francia, hasta el Rassemblement National francés o los partidos Republicano y Nacional Libertario en Chile.
Rasgos comunes
Aunque Chile y Francia difieren en el peso del Estado y el mercado, y en la herencia autoritaria chilena, comparten tres rasgos estructurales: Estados unitarios y muy centralizados, que generan la sensación de ser gobernados desde lejos; un Ejecutivo presidencial fuerte, que concentra el poder y personaliza el descontento y cuerpos intermedios débiles: baja sindicalización, partidos poco arraigados y asociaciones marginadas de las decisiones públicas.
Según la hipótesis central del proyecto, estos rasgos institucionales explican en parte el auge de nuevas fuerzas que polarizan los extremos del sistema. En Francia, el Rassemblement National y La France Insoumise; en Chile, republicanos y libertarios por un lado, y Frente Amplio y Partido Comunista por el otro.
Tres conclusiones preliminares
Alenda organizó los hallazgos en tres reflexiones.
Las radicalidades comparten una forma, no un contenido. En los “chalecos amarillos” de 2018 convivieron votantes de extrema derecha y de izquierda radical. Chile pasó del estallido de 2019 al rechazo masivo de la propuesta constitucional de 2022, y luego a la elección de José Antonio Kast a fines de 2025. Estas trayectorias parecen incoherentes por su contenido, pero no por su forma: el mismo rechazo al orden establecido, desconfianza hacia partidos, sindicatos, expertos y medios, un antagonismo entre “nosotros” y élites percibidas como ilegítimas, y emociones de rabia, humillación o abandono.
Se institucionalizan de forma asimétrica. Nacen fuera de los partidos, a menudo contra ellos, pero terminan canalizadas por formaciones centradas en un líder. La derecha radical lo logra mejor que la izquierda, porque ofrece lo que los movimientos horizontales rechazan: liderazgo vertical y una promesa de orden.
La representación no se reconstruye solo con ingeniería institucional. Chile ensayó una convención constitucional paritaria, con escaños reservados para pueblos originarios y mayoría de independientes; Francia, el Gran Debate Nacional y la Convención Ciudadana por el Clima. Ambos procesos decepcionaron. El caso chileno revela incluso una paradoja: una asamblea más representativa en su composición resultó menos representativa de las preferencias mayoritarias. Sin mediadores duraderos, las nuevas instancias quedan como paréntesis.
El próximo proyecto
Cada panel concluyó con una pregunta común: ¿cuál debería ser el próximo proyecto de cooperación científica entre ambos países? Alenda subrayó la necesidad de ampliar la comparación a otros sistemas políticos de América Latina y Europa, a partir de tres tipos de casos. Primero, los que han resistido mejor el ascenso de las radicalidades, como Uruguay, gracias a un sistema de partidos arraigado. Segundo, aquellos en que la radicalidad adopta formas ideológicamente más extremas, pero permanece contenida, como Alemania con la AfD. Tercero, los casos de radicalidad en el poder, como Italia, donde el gobierno de Meloni muestra que las instituciones pueden contener, al menos en parte, a una derecha radical una vez que gobierna. Una cuestión que hoy cobra especial relevancia para Chile.
Otra propuesta fue crear un observatorio franco-chileno de crisis políticas y radicalidades, sobre la base del Observatorio de Crisis Políticas de CRISPOL. Este extendería a Francia su base de datos latinoamericana y la cruzaría con el Barómetro de Confianza Política del CEVIPOF y la experiencia del CrisisLab de Sciences Po, con el fin de producir informes periódicos y escenarios prospectivos útiles para las políticas públicas y el diálogo bilateral.
De fondo, concluyó Alenda, hay una misma crisis de mediación entre ciudadanos e instituciones. En Chile se expresó como estallido social y cuestionamiento del orden constitucional; en Francia, como conflictividad crónica.
El ciclo continuará en el Foro Académico Chile–Francia, previsto para noviembre en Rennes, orientado a identificar nuevas agendas de colaboración entre las comunidades académicas de ambos países.